Memorias de una vida...

Una noche, sentado frente a mi piano, en el que yo he pasado tantos momentos de mi vida, felices y tristes, grandes y pequeños, agradables y desagradables… en un momento de éxtasis apoteósico he empezado a recordar todos los hermosos e inolvidables recuerdos de mi vida. Empiezo con unos acordes y ya empieza la melodía… que dulce, que belleza en cada nota. Mis delicados dedos cansados ya no son lo que eran… mis melodías cada vez resplandecen en dolor… ya no queda mucho tiempo para terminar la melodía y dar la nota y el acorde final. De repente, una mano celestial toca la segunda parte de la melodía; es ella… a quien yo tanto quise y ya no está junto a mí… ella me ayuda, me complementa y toca parte de la melodía… cuantas veces tocamos duetos juntos, y cuantas veces nos equivocamos los dos, ahora ya nada importa… los dos compartimos lo mismo, fuimos y somos uno. Mientras toca, se da la vuelta y me mira cariñosamente… yo continuo con el acompañamiento, no presto atención. Solo el suave y hermoso recuerdo es lo que queda. Ella me da un beso… y yo lentamente cierro los ojos, inclino mi cabeza y la miro a ella… mi recuerdo, no fue un recuerdo… era ella. La dulce melodía, y cruel por dentro… me demuestra que todo era un sueño y por un momento sí estuvo conmigo y fui feliz. Es tan corto el amor y tan largo el olvido, olvido de uno mismo y de todos los demás…

Recordé, no solo a ella… cuantas veces no hemos sido tocados y hemos tenido que tocar la negra melodía que es la vida…

Cuando un amigo muere en tus brazos, luchando fielmente contra un enemigo del cual no se había oído hablar, sientes que el mundo se desmorona y te sientes mal… no pudiste hacer nada más… entonces, la negra melodía se torna de luto… y la imagen inmortal de su recuerdo no se te olvidará nunca más…

Continuo tocando y por un momento la intranquilidad se vuelve paz, quietud y tranquilidad… será así por siempre…

Recuerdo mi primer juguete, fui feliz, la dulce melodía de fondo decía “Felicidad”… y por entonces así fue. Qué grande es el tesoro de la infancia. Lo deposité suavemente en el suelo y lo abrí… un caballo de madera con el que podía jugar, lo saqué y jugué junto a mi querido piano… crecí y aprendí.

La melodía hay que dominarla… -dijeron- que ella no te domine a ti, -me senté al piano y practiqué-.

Por un momento junto a mí, años más tarde, me ví, a mi mismo… yo y mi yo, tocábamos juntos; en este dulce momento, yo la melodía y yo el acompañamiento… y dominé mi propia melodía…

Llegó el acorde y la nota final… ambos coordinadamente la tocamos… nos giramos y posteriormente nos miramos… el reencuentro más ansiado ocurrió… Mostramos una sonrisa los dos mientras nos mirábamos y con los dedos todavía en el piano… la melodía paró… y yo ya la terminé. ¡Aplaudid! Mi propia melodía ha terminado… y los años no pasan en vano… ya solo quedan los recuerdos de la vida inmortal y trascendental que dejamos atrás…

Gracias nuevamente a mis lectores por leer lo que escribo, lamento no poder publicar muchas cosas, pero por falta de tiempo es imposible... sin embargo... escribir es una pasión... y por nada se renuncia a este arte...

Unas hermosas palabras:

"Es tan corto el amor y tan largo el olvido" Pablo Neruda.

0 comentarios:

Publicar un comentario