Noches de Frío

Hoy, un nuevo relato, agradezco a aquellos que me inspiraron con él. Espero les guste.
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Noches de Frío
"Los teléfonos, como todo aparato electrónico de la era tecnológica del mundo, han tenido un principio, de ser un objeto de unos pocos privilegiados, se ha convertido en uno de uso personal de cada uno de nosotros. Hasta el punto en el que cada día se producen nuevas innovaciones y son trascendentales para el avance de la ciencia y la humanidad en el Siglo XXI.
La historia que a continuación procederé a contar, está relacionada con eso, precisamente porque, como todos sabemos; lo nuevo siempre tiene algún misterio oculto esperando ser resuelto."

Se encontraban en un baile. Lord y lady Wildmord, eran dos de los más importantes hacendados de la ciudad, por pequeña que esta fuera, tenía su élite y no se escatimaba en gastos si de impresionar a los demás se trataba. Bailaban en medio del salón, el Danubio Azul, un vals majestuoso para una fiesta donde la alcurnia de las personas se respiraba en aquel denso aire de salón de palacio. Tocaban las últimas notas y de súbito Lady Wildmord cayó en medio del salón desmayada, su marido intentó vanamente sin éxito socorrerla, pero no hubo victoria sobre aquello.
Un escándalo, así se resumió este hecho por toda la ciudad. La esposa de un noble muere de un infarto en medio de un suntuoso baile y su marido no pudo evitarlo. Todos en el pueblo sabían que este sería un duro golpe para Lord Wildmord, intentaron ayudarle y él lo rechazó.
A simple vista, meses después, el viudo mantenía su agenda normal. A pesar de que ya se le notaba un poco la edad, siempre había sido vital y con una salud imponente sobre la enfermedad. Es por ello, que él precisamente logró recuperarse de aquella pérdida. Lo era todo y se fue, pero la amó y él la ama aún, ese fue su consuelo. Esta en un mejor lugar.
El gran filántropo que todos conocían volvía a ser el mismo de siempre, todo volvía a la normalidad.  Las labores de Lord Wildmord en la ciudad, su casa y demás posesiones, que no eran pocas, le mantenían ocupado el resto del día.
Tras un largo viaje a la capital del país y ver con sus propios ojos los avances tecnológicos de su época, decidió llevarse uno a casa; era la hora de cambiar muchas cosas.
Tras la instalación en toda la casa, de un lujoso invento por aquellos años, se decidió a probarlo. Cogió el teléfono firmemente, y marcó a la casa de su familia, al menos la única que le quedaba. Tras probar que todo fuera bien, lo colgó nuevamente, a expensas de las intenciones de la gente de preocuparse por ver como estaba en aquel día lluvioso de invierno. 
Aunque era menos frío que otros años, se notaba sobre todo en el salón, con adornos de piedra y recubierto de material de parecida composición.
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La casa era grande, como un palacio, donde los loores han vivido durante muchas generaciones y ahora habitaban una pareja, que por azar del destino nunca tuvieron descendencia y por ello, algún día ese patrimonio sería del sobrino del matrimonio. Lo querían como a un hijo y él como a sus padres. Richard, mejor dicho, Lord Richard era su mejor compañía, y si alguien tenía que mantener aquel patrimonio de siglos y generaciones de trabajo, estaban seguros que él, sería el encargado de custodiar aquella encomienda.
Todas aquellas paredes dejaron de contemplar los felices años que sobre ese lugar presenciaron y ahora solitario, lúgubre por las noches y fría, esperando la llegada del olvido. De no ser por los sirvientes que también vivían en la casa y hacían compañía al señor, aquello sería un confín inundado de la más ensordecedora soledad.
Paredes imponentes, grandes cuadros y techos inalcanzables era la estructura de la casa. Muros que vieron como los antepasados del señor enloquecieron y murieron en la intimidad de su casa. Testigos de la historia familiar de toda una saga, que con Lord Wildmord dejaba su herencia directa.
Tras mirar una vez más todos los cuadros de los anteriores a él, el señor se dirigió con el semblante triste sin dejar traslucir la preocupación que incomodaba su mente, la intranquilidad y los nervios, lo tenían así desde la mañana. En un intento fallido de acabar con esa ansiedad, en la biblioteca cogió uno de los libros que había en las librerías, lo ojeó un segundo y se lo llevó al asiento preferido en el que se encontraba a gusto y caliente en medio de aquel diluvio que estaba cayendo.
Se quedó dormido sobre el respaldo y suavemente colocó el libro en la mesita que había justo al lado. Eran ya las ocho, la hora de la cena y así se lo comunicaron los sirvientes tras haberse despertado.
En el comedor todo estuvo tranquilo y así se mantuvo hasta el final de la cena.
Después de esto, como era habitual, el señor volvía a recluirse en su despacho a puerta cerrada, donde luego con paso ligero en medio de la oscuridad de la casa volvía a su habitación a descansar.
Mientras estaba allí, un ruido se escuchó, una, dos y tres veces. Sin tomar importancia de este hecho, Lord Wildmord continuó con su habitual inventario de bienes, trabajo, agenda del día, etc.
En la habitación no había más luz que la de la chimenea, a los lados, estanterías llenas de conocimiento enfrascado y presidiendo la sala, el gran escritorio y muebles del señor, frente a los cuales, sobre la chimenea, se hallaba imponente un cuadro de una dama, a quien horas se quedaba mirando el señor, inmóvil, recordando lo que fue todo aquello en otro tiempo. La extrañaba y era obvio.
Se estaba quedando medio dormido en medio de todo aquel alboroto, y se levantó para dirigirse a la cama. Cuando salió e iba cerrar las puertas, se encontró con la sorpresa de que sonó el teléfono. A tardías horas de la noche, quien podría ser, desde luego algo importante, ya que pocos poseían ese aparato a pesar de su extensión entre los consumidores.
Cogió el auricular con fuerza y lo colocó en su oído, en el que no escuchó  nada. Tras analizar la situación y deducir una broma de alguno de sus amigos, lo volvió a colgar y continuó con su  marcha.
Pero una vez más volvió a sonar cuando estaba a punto de cerrar la puerta, se acercó nuevamente al teléfono y lo cogió con la mano; tras pronunciar un saludo corto, no hubo respuesta.
Enfadado por aquello, salió inmediatamente y en medio de la oscuridad, un potente rayo se ciñó sobre alguna llanura cercana a la casa. Provocando una gran luz impactante con la oscuridad de la habitación, en la que el retrato de la mujer, se vio cobijado con la luz y un estruendo levantó los nervios del señor de aquella maravillosa casa.
Ya no lo soportaba más, por lo que abandonó inmediatamente aquel lugar y se encontró nuevamente en los pasillos oscuros de la casa, con un montón de retratos que lo miraban fijamente, estatuas y bustos en mesas.
Al atravesar uno de ellos, escuchó un ruido a sus espaldas y se dio la vuelta para ver que sucedía, en esto, un susto pequeño le abatió cuando se miró a sí mismo en el espejo ya que había olvidado su ubicación.
Recuperó el control y siguió con su marcha por la casa. Cuando hubo llegado a su habitación, el teléfono volvió a sonar. Esta vez, espero algo para contestar y tras oírlo tres veces lo cogió de su lugar.
Silencio, silencio nada más. No se explicaba quien puede hacer algo así a esas horas. Decidió acostarse a dormir ignorando todo aquello. Finalmente, así lo hizo.
Pasaron dos horas tranquilas. Sin embargo, el aparato volvió a emitir su sonido. Enfadado, Lord Wildmord, desconectó el aparato. Y volvió a la cama. Y antes de que este pudiera ponerse cómodo, éste volvió a sonar.
Perplejo y en parte asustado, dio un salto en la cama, no daba crédito. Lo había desconectado y continuaba sonando. Pero buscando una respuesta lógica, llegó a alguna que seguramente lo convenció de ello, puesto que volvió tranquilo a dormir.
El sobresalto brusco, volvió a la mente y al cuerpo de un Lord, el cual ante los sonidos que nuevamente producía el aparato, se levantó de súbito de aquel lecho y enfadado cogió el teléfono y lo tiró al suelo.
Seguidamente, pensó cual era la posibilidad de que habiendo varios teléfonos en casa, con la misma línea, los demás no lo hayan contestado y solo él lo escuchara.
Todo aquello turbó su mente, lo dejó intranquilo, tanto que de repente decidió bajar a la cocina por un poco de agua y una pastilla potente para poder dormir.
Tras ir al mencionado sitio y entrar nuevamente en su despacho, cerró la puerta. Una vez ahí, tomó un sorbo de agua y dejó caer el vaso ante la interrupción de aquel silencio, una vez más por aquel timbre que le corrompía los oídos.
Ring ring, ring ring, sonaba en el silencio ante la impotente mirada de Lord Wildmord. Quien una vez más, con miedo, se atrevió a contestar. Esta vez, se oía un leve respiro en la otra parte. Y esto le causó alivio ante la posibilidad de la broma. Intención de explicación desvanecida ante la pronunciación de la primera palabra por parte del receptor.
Tras escuchar todo lo que él dijo, comprendió. Solo había alguien que podía llamar de esa manera. Solo uno.
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De todas las llamadas posibles, solo aquella era la más turbadora que alguien puede recibir. Un fantasma del pasado, del presente y del futuro se hace presente en el ambiente en el que efectuará su triunfal salida como ha sido, es, y será.
Un espectro, un recuerdo, una vida, todo aquel tormento, con la llamada, terminaría pronto. O eso se esperaba.
La tormenta continuaba fuera de la casa. A cada momento nuevos relámpagos castigaban de luz, que no soportaba ver, el retrato de la gran señora que en otro tiempo vivió y partió hasta la barca de Caronte. Donde como Orfeo, en un vano intento de salvarla, no lo consiguió.
Aquel destino cruel, aquel destino no buscado y sin embargo encontrado. Todos los temores, todo el horror, las miradas y aquel sentimiento de mirada triste y perdida. Fantasma eterno de la soldad, presente en aquel lugar, que acabará con todo a su paso. Que ya lo ha hecho. que ha de hacerlo.
El olvido, el recuerdo y la más profunda emoción de cada ser viviente en aquel lugar estaba condenado a tenerlo todo y vivir bajo el encierro de la melancolía, tristeza y la lástima de aquellas paredes que lo han visto, oído y contemplad cada uno de los hecho que ahí transcurrieron.
El final está cerca y el comiendo también. El claudicar y partir, pero sin fenecer era lo que necesitaba. Pero imposible del ser humano cuando es humano, e imposibilidad del espíritu de no poder librarse de aquel tormento.
Corrió y recorrió cada uno de los pasillos de la casa, buscando ayuda, y no la encontró. No la hallaba por ningún lugar. Sus antepasados presidiendo los mejores lugares, cual palco de honor de la desgracia de un hombre, contemplaban el paso de la verdad a la mentira de la vida, la locura.
Cada estatua, cada cuadro, cada objeto lo observaba y lo miraba. Impresionado, atónito y sin casi respiración, corrió por toda la cada. Los rayos caían uno tras otro, tomando el dominio de la tierra. Demostrando que la naturaleza, única portadora del verdadero conocimiento de la extraña vida y advenimiento de la muerte.
Una llamada, una y otra vez, todos los teléfonos de la casa sonaban. Nadie, excepto él los escuchaba. Cada sonido, cada timbre, cada uno de los ring-rings que inundaban la casa se desvanecía en el aire, para volver a efectuar su aparición en el ámbito de la noche.
Cada centímetro se veía reflejado por los rayos de la tormenta. De la venida, de la ida, el comienzo.
Aquellas luces cegadoras, ceguera de la vida, ceguera de la verdad. ¿Qué oscuro destino le corresponde?
Corrió y corrió, primero por el primer pasillo, el segundo, tercero y cuarto. La primera planta completa, la segunda y así sucesivamente…
Nadie escuchaba aquel hombre atormentado, rencoroso con el castigo de la muerte, rencoroso con la vida, por haberle quitado lo que más ama y amó.
Huye, intenta huir de aquello de lo que es imposible escapar.
Camina, corre, coge aire y respira. No consigue, sabe el que espectro está detrás de él. Lo persigue. Corre y corre, una y otra vez.
Detrás de mí, gritaba. Detrás…
Continuaba y así lo hizo, tras contemplar con sus ojos el tormento, el horror, la vida entera pasada ante sus ojos. La tortura de vivir sin su amada era insoportable. Insostenible.
Entró en su despacho y tras llegar al escritorio y rebuscar en su escritorio, la encontró. Una pistola.
Tras reflexionar y oír un toque en la puerta, se la colocó en la sien y apretó el gatillo.
Nada, no tenía balas. El azar de la vida o el destino frustrante quiso que ese sustento que deseaba no fuera capaz de encontrarlo.
La paz que necesitaba no era cualquiera, y el Gran Lord Wildmord lo sabía.
Corrió hacia la puerta, abrió la puerta  ahí estaba el ama de llaves alborotada ante todo aquel ruido.
No le dio tiempo a preguntar nada, ya que el señor salió despavorido hasta el hall de la casa, donde empezó a subir presuroso cada uno de los peldaños de la casa y llegó a la última habitación, la cual daba salida a la terraza más alta de la casa.
Cuando llegó ahí, sabía que no había marcha atrás, en aquella habitación, había un teléfono, el cual sonó, y retumbó en los oídos de aquel hombre atormentado, una y otra vez. Recordando lo más bello, recordando lo más ansiado y aquel tormento, y en medio de la gran tormenta, cual gesto impotente, mirando al vacío, se tiró.
Todos escucharon los teléfonos sonar, todos en la casa los contestaron, y no decían nada. En el momento de la hora de aquel suceso del señor, todos dejaron de sonar, todos. La locura llegó, estuvo y se fue.
La respuesta de la vida y el ciclo vital apareció ante sus ojos mientras caía al abismo.
Y desde ahí contempla, la lluvia, las gotas de agua, la vida, el ancho, y el profundo, profundo abismo.

Fin.
Este relato se lo dedico a R.  Gracias por la idea del final.

R. C.
He aquí la música que me inspiró durante el relato. El Concierto para Piano N. 2 de P. I. Tchaikosky.



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