Para la gloria de los pocos hombres, que algún día, y quizá en un futuro, no escuchen con los oídos; vean con los ojos y sientan con las manos. Para la posteridad de la eternidad infinita y el confín del tiempo. Único juez de la verdad.

El tiempo pasa, eso es innegable. Cada momento de nuestra vida cuenta, para una cosa o para otra, siempre.
Desde que nacemos, vivimos, y hasta que morimos somos responsables de forjarnos y sentar las bases de nuestra propia vida. Tarea fácil, si se dice.
Encomienda difícil, si se hace.
A medida que pasa el tiempo, cada acto de nuestra conciencia, es imprescindible sea meditado con la más absoluta rectitud, guiándonos por los valores que se nos han sido inculcados. Subjetivos por supuesto. Ya que no sabemos, debido a nuestra condición de imperfección, que es lo correcto y lo normal. Simplemente lo que vemos, es un consenso, algo que todos compartimos en general. Pero aún así, sigue siendo algo subjetivo.
Aprovechar el momento, vivir la vida, buscar lo que nos motiva a continuar, es sin duda una de las tareas más difíciles de nuestra existencia.
Ver y distinguir entre el bien y el mal. ¿Pero realmente que son?
Hay muchas cuestiones que el hombre ha tratado de solucionar, pero a medida que más lo piensa, o se acerca, o se aleja.
La virtud, sin duda alguna, es lo que nos ayuda como método de conseguir y hacer lo que nos gusta. La virtud es eso y nada más. Algo abstracto y diferente en cada ser viviente.
En el momento del fracaso, aunque sea duro, hemos de levantarnos. Volver a sembrar, cuidar del cultivo, regarlo y velar por él, porque solo así, cosecharemos grandes objetivos y esperanzas de futuro y un porvenir mejor.
El equilibrio, el máximo y el mínimo, el justo. Como decía Aristóteles: “la virtud está en el justo medio”.
Y como digo yo: “El que pruebe la virtud, será tan feliz, que no podrá separarse de ella; y siempre querrá más y más. Conocimiento insaciable.”

R. C.

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