Viento de Primavera

Hoy, mi primer relato terminado de este año, espero que os guste. Una historia para centrarse en lo importante y la vida. 

Viento de primavera

"Hasta la calle es un lugar inseguro, tal y como pienso relatar en estas líneas. Muchas cosas son y otras no; siempre tendremos la duda de porque, hasta nuestro ojos mienten…"

Caminaba tranquilo por la calle, como cualquier otro día, a pesar de que era la última hora de la tarde. Todo estaba tranquilo, sin gente por las aceras, sin los niños que suelen estar jugando en el parque, nada; el silencio recorría el horizonte y hacía su presencia en cuanto no se escuchaba coche alguno transitando por la autovía.
Deseaba llegar a la parada del autobús, lugar donde lo tomaría para acudir a una cita al otro lado de la ciudad. Sin embargo, dudé si habría alguno, ver aquella tranquilidad en un lugar, donde siempre suele estar lleno de transeúntes era extraño. Por no decir inquietante.
Tras un largo paseo, llegué por fin a mi destino, aquella especie de caseta con una banca donde sentarse después de aquel paseo para descansar y esperar al mismo tiempo.
En aquel lugar, sentado con un libro entre las piernas, se encontraba una persona. Un hombre de aproximadamente unos 45 años, mediana estatura, e interesado en leer un libro del cual no tenía referencia alguna, ya que la cubierta no tenía nada que indicase el contenido o cualquier otro distintivo. Soy curioso, por lo tanto, de reojo miré cada página para contemplar el tema tratado, sin embargo, estaba escrito en un idioma desconocido por mí. No lo entendía. Por eso, decidí abandonar el vano intento de la curiosidad.
Frustrado aquel intento, miré el reloj, a medida que pasaba el tiempo el autobús no hacía su entrada y ya era algo tarde. El sol ocultaba cada uno de sus rayos al horizonte, los lúgubres rayos de la noche empezaban a hacer presencia en aquel ambiente.
El hombre se puso en pie, seguramente cansado de esperar, decidió abandonar el lugar y volver a sus actividades, desistiendo de sus planes. Tan pronto como se levantó del asiento, cerró el libro y sacó de su bolsillo una nota doblada. Yo me encontraba a su lado contemplándolo y mi mente inquisitiva se puso en marcha. De todo imaginé, menos que me la entregaría en las manos, con una sonrisa y sin decir palabra, se marchó.
No salía de mi asombro, porque me la había dado a mí. Esa y otras preguntas recorrieron cada pensamiento que atravesaba por mi mente intentando buscar una respuesta loable.
Tras recobrar la calma y mirar hacía los dos lados buscando al hombre que me la había dado, no lo encontré. Desapareció. Contemplé la nota una vez más y decidí abrirla. Misterio que deseaba resolver ante tantas cosas extrañas que ocurrían aquella tarde de primavera, en la que por capricho del destino, sucesos desconocidos acontecían ante mí.
“Al albor de los tiempos, en el que la vida es fugaz, no todo lo que parece puede ser.”
Completamente desconcertado, esa era la única expresión que mostraba mi rostro en aquel momento.
Finalmente, tras examinar el papel de nuevo, observé bajo aquella siniestra frase, había una firma.
“M.”
Una letra por firma de aquella profecía, vaticinio o lo que aquello fuera. Tras mirar nuevamente al reloj y observar que el autobús llevaba mucho tiempo de retraso, decidí volver a casa. Llamaría luego para avisar que no iría, y con el semblante firme, salí de aquel lugar para volver a casa. Una camino algo largo y sin duda otra vez, en solitario.
Tomé la esquina y caminaba decididamente. La noche empezaba a tomar protagonismo, cada una de las farolas aún no se habían encendido. Tras doblar la esquina y pasar ante los escaparates de diversas tiendas, llegué ante la plaza. En la que nuevamente no encontré a nadie. Todo el mundo había desaparecido. Extraño, pensé. Muy extraño.
Continué con mi camino. Y tras pasar nuevamente un montón de tiendas, llegué a la zona residencial de la ciudad. En donde decidí apresurar el paso, ya que empezaban a encenderse las farolas, y la noche estaba completamente sobre mi cabeza. Calles desiertas, y luces encendidas. Todo el mundo estaba o no estaba, ciertamente, algo desconcertante.
Al pasar al lado de un árbol y alejarme unos metros, sentí una breve brisa que me provocó escalofríos, hizo que mi cuerpo temblara sin saber la razón. Tras este lapsus, decidí continuar con mi marcha, ya nocturna, para llegar a un sitio en el que me sintiera seguro y dejar atrás aquella tarde de intriga.
Mis oídos captaron el ruido de unos zapatos tras de mí, algunos de mis sentido empezaron a agudizarse ante aquel hecho. Había una posibilidad de que no estuviera solo.
Pero la pregunta era, si no estaba solo, ¿Quién estaba detrás de mí?
Después de hacerme esta pregunta, noté que los pasos empezaban a hacer más fuertes, más intensos, y yo ante esto, temiendo que se tratara de alguien con oscuras finalidades, aceleré mi paso.
Uno y dos, unos y dos, uno y dos. Cada paso entraba en mi mente, aquel eco resonaba sobre mis oídos y recorría cada pensamiento de mi mente, tratando de buscar una salida ante lo que podía ser.
Me aproximaba ante un tramo oscuro de mi camino, aceleré rápidamente mi paso, con firmeza volví a escuchar de nuevo el mismo sonido, cada vez sentía más temor, ante la posibilidad de que fuera alguien que me quisiera hacer daño.
En plena oscuridad, con todos mis sentidos agudizados, comencé a temer por mí. ¿Qué era lo que sucedía?
Me detuve en seco, cogí fuerzas y miré tras de mis hombros, detrás de mí. Observé cada centímetro de oscuridad, no era tanta, pero podía verse perfectamente. Oscuridad tan solo, no había nadie.
Aliviado, continué con mi camino; tras dar los primeros pasos, mi corazón se aceleró, cada uno de mis sentidos se agudizó más aún y sentía una pesada carga de nervios que recorrían cada uno de mis pensamientos. Ahí estaba de nuevo.
Aquel sonido que retumbaba en las paredes de los muros de las calles y se hacía más intenso y volvía a mis oídos.
Estaba aterrorizado, sin embargo, cogí aire, y sin parar, volví a mirar hacia atrás. Oscuridad tan solo, y nada más.
Sentí un escalofríos en todo el cuerpo que me hizo acelerar aún más mi paso, algo estaba sucediendo, y a medida que retomé la marcha, los pasos tras de mí fueron más intensos se acercaba.
Fuera lo que fuese, me tenía en un amasijo de tensión. Cada uno de aquellos pasos, cada uno hacía que mi mente estuviera aterrorizada.
Miré una vez más, y no había nada. Y a medida que observaba a mis espaldas, los pasos cesaban.
Sin parar, continué con mi camino. Con los pelos de punta y con un temor que recorría cada centímetro de mi cuerpo, me aventuré a correr. Al principio no fue mucho. Pero a medida que cada paso se acercaba a mí, iba más a prisa.
Miraba una y otra vez, y mientras pasaba por el parque, con las luces encendidas, con la esperanza de ver a alguien, corría más a prisa. Nadie. No había nadie.
Con una pesada carga sobre mi espalda. El miedo, la inseguridad y cada nervio que hacía que estuviera a punto de derrumbarme seguí.
Daba un giro a mi cabeza buscando un lugar donde refugiarme, pero no había ninguno. El llegar a mi casa, era la única escapatoria. Por lo tanto decidí tomar un atajo. Un callejón oscuro. Literalmente oscuro.
Doblé en la siguiente calle y tras dar unos pasos lentos, corrí en medio de aquel abismo, donde no se veía nada. Temía tropezar con algo y que lo que tanto me aterrorizaba me atrapase.
Seguí, y armándome de valor, entré corrí más rápido y oía cada paso y su eco retumbar en las paredes. Estaba a punto de desmayarme, no lo aguantaba más. Cuando salí, todo fuera un alivio, ya que divisé mi casa, aquel edificio donde me refugiaría, de no ser, porque aún estaba corriendo, y miraba hacia atrás, y los pasos cesaban, y a medida que volvía a mirar al frente, eran más intensos.
Uno y dos, unos y dos, uno y dos. Me faltaba el aliento, casi no podía respirar y el corazón se me iba a salir del pecho. Nervios, terror, y más nervios. Cada centímetro de mi cuerpo estaba cansado, pero tampoco quería saber que era lo que pasaba. Estaba en estado de volverme totalmente loco. Que era… lo que pasaba.
Al cruzar a prisa mi calle y llegar a la puerta, parar, sacar las llaves del bolsillo y abrir la puerta contuve la respiración. Deseaba entrar lo más rápido posible. Una llave era la errónea, y otra más. Cuando llegué a la correcta y logré abrir la puerta, solté una bocanada de aire y cuando sentí el alivio en el cuerpo, algo me tocó en el hombro.
Mi debilitado corazón se iba a salir del pecho, estaba a punto tener un infarto, el susto, el miedo y aquella sensación terrorífica precedida tras una brisa fría, era lo que faltaba, estaba a punto de que me diera algo. Giré mi cabeza una última vez y lo que vi, me dejó inquieto y a la vez aliviado.
Una voz conocida me saludó. Era un amigo. David. Que susto me has dado, dije.
Y riéndose contesto: vaya, siento. Seguidamente me contó la situación por la que estaba en mi casa. Sus padres lo habían echado. Me pidió que le dejara quedarse. Mis padres estaban fuera de la ciudad, por lo tanto era posible. Lo invité a pasar.
Y tras mirar de nuevo a la calle y temer que cuando empieza a andar hacia mi piso, vuelva a escuchar aquellos pasos, continué con él.
No, no los escuchaba. Lo cual fue un profundo alivio para mí. Mi corazón descansó y el sudor que tenía de los nervios cesó. Subimos por el ascensor y él me relató todo lo acontecido en su casa. Cuando llegamos a la puerta después de atravesar el pasillo, nos sentamos en el sillón. Donde jugamos y nos divertimos durante toda la noche. Cenamos y todo aquello fue una noche maravillosa con mi mejor amigo. Tras el agotamiento, nos quedamos dormidos en el salón.
A la mañana siguiente, me desperté. Traté de ordenar aquel estropicio realizado en la noche, cada cosa fue ocupando su lugar. Terminé y busqué a David. No lo encontraba por ningún sitio, imaginé que salió, pero miré por la venta y observé por la casa, por si había dejado una nota. Pero contemplé el teléfono para ver si había dejado algún mensaje.
Efectivamente había uno. No era él.
Tina, la persona a la que ayer iba a visitar; a lo mejor era para saber donde estaba yo, pero no. Una noticia, una dura noticia. Que al escucharla, me dejó atónito, sin palabras, con miedo y a la vez más desconcierto.
“Es David, ayer en la tarde tuvo un accidente junto con su abuelo, él a muerto y su abuelo está en coma; ven pronto, es una tragedia…”
Eso y mucho más dijo, pero aquella frase en mi mente, una y otra vez, a su abuelo no lo conocía, pero a él…
Un aire frío recorrió y pasó sobre mí, las ventanas estaban cerradas, por lo que me asusté. Iba en dirección a la puerta, que ante mí se abrió sola, y con los mismo pasos de la pasada noche, salieron hacia fuera, donde desaparecieron al fondo, en silencio, tan quedos y muy callados. Mientras yo los contemplaba atónito, sin credulidad, con miedo, en la oscuridad de las escaleras. Donde acaban, donde empiezan, donde ya solo eso y nada, nada más.
Fin.
Vals del Adiós: F. Chopin, Vals en la bemol Op. 69 N. 1

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